Primavera Negra

Zoe Valdes narra incidente en Feria del Libro

DESDE PARIS
Zoé Valdés narra incidente en Feria del Libro
El diputado PelegrÍn Castillo y Marino Beriguete le dieron apoyo en su
estadía en Santo Domingo

Por Zoé Valdés

Los organizadores me habían invitado desde hacía casi medio año, y el
intercambio de informaciones había sido la normal que se establece entre
una feria y sus invitados. Una amiga me había dicho que lo de Cuba con
su feria del libro era una mentira más del castrismo, igual lo de los
precios bajos de los libros. La feria del libro dominicana, añadió, goza
de una popularidad sin precedentes, los precios de los libros son bajos,
y los libros no están censurados, lo que sí ocurre en Cuba. Yo debía
asistir a Miami a la presentación del libro Cuba: Intrahistoria.

Una lucha sin tregua, memorias del Doctor Rafael Díaz-Balart, y organicé
mi desplazamiento desde París, de tal manera que se pudieran combinar
ambos eventos. Así fue. En Miami todo ocurrió como previsto, sin
embargo, a punto de tomar el avión para Santo Domingo, me llama a mi
teléfono celular, el poeta Raúl Rivero, que se había enterado a través
de un periodista (no puedo citar su nombre) que algo se orquestaba en mi
contra allá en Santo Domingo, que tuviera mucho cuidado porque las
hordas castristas me estarían esperando en la capital de República
Dominicana para impedir que yo impartiera mi conferencia, cuyo título
era: Cuba: ficción y realidad en la obra de Zoé Valdés. Los que se
dedicarían a dirigir esta operación, continuó Raúl Rivero, serían los
funcionarios castristas López-Sacha y Carlos Martí. Yo no conocía a
nadie en Santo Domingo, hice un par de llamadas al congresista
cubano-americano Lincoln Díaz-Balart y a Oscar Haza, y enseguida supe
que podía contar con personas honestas que me brindarían su apoyo, una
de ellas el diputado Pelegrín Castillo. Otras no las cito aquí para no
entregar sus nombres a la embajada cubana en la isla caribeña, y para
evitar de este modo las posibles represalias en su contra. Yo pensaba
que las agresiones se limitarían a las injurias y gritería a las que nos
tienen casi habituados los revienta-conferencias de escritores
exiliados, pero nada más lejos de lo que allí se urdía.

Los esbirros asalariados de la dictadura se organizaron con un plan más
potente. Contaré paso a paso lo que me sucedió y lo que logré averiguar
de sus preparativos: Me acompañaba en este viaje mi amiga, Enaida
Unzueta, galerista de Miami. Ella conoce Santo Domingo como la palma de
su mano, y adora a este pequeño país. En el avión íbamos conversando
sobre los posibles sitios a visitar. En dos ocasiones, una mujer
primero, luego un hombre, supuestos viajeros, se me acercaron para
preguntarme si yo era la escritora cubana. Dije que sí la primera vez,
pero en la segunda ocasión, un poco mosqueada, negué que fuese yo. Al
emerger del avión nos estaban esperando un guardaespaldas armado hasta
los dientes, aunque discretamente el arma se le notaba por debajo del
traje, y un edecán de la feria.

También llegó una señora, enviada por el diputado Castillo, para
ofrecernos su protección. Se me hizo el primer nudo en el estómago, “la
cosa me huele mal”, comenté con Enaida. Nos sacaron por el Salón de los
Embajadores, y de ahí atravesamos pasillos pocos frecuentados por los
viajeros comunes hasta una salida segura, nos introdujimos en un
automóvil de alta seguridad. Llegamos al hotel Intercontinental V
Centenario, frente al Malecón, el mar estaba revuelto, pero aún así
bellísimo. Recibí una llamada del escritor Avelino Stanley,
sub-secretario de Estado para la Cultura, me dice que necesitaría hablar
conmigo con urgencia. Nos citamos para las tres y treinta de la tarde,
eran alrededor de la una. Tuve sólo el tiempo de instalarme en la
habitación, de comer algo, y acudí a la cita en el restaurante del
hotel. Lo acompañaban su esposa, y el escritor Marino Berigüete, autor
de varias novelas, entre ellas una reveladora, El Plan Trujillo, editada
por la editorial Norma, quien es además un político de mucho prestigio
en su país, a los veintiséis años ya había sido Ministro del presidente
Balaguer. Me explicaron brevemente cómo se desarrollaría mi actividad en
la feria, limitándose sólo a eso. Pedí que me confirmaran sobre las
amenazas recibidas por parte de la dictadura cubana a mi persona. Todas
eran ciertas, respondió Avelino Stanley, pero aseguró que ellos
controlaban la situación y que no me sucedería nada. Le recordé que
semanas atrás Raúl Rivero no había podido impartir su conferencia en la
universidad de Sevilla. Asintieron con la cabeza, se hizo un silencio
que se podía cortar con una tijera. Marino Berigüete fue quien lo cortó,
hablándonos de una posible escapada al día siguiente a Los Altos de
Chavón, ciudad dedicada a los artistas. No estaba tan segura que
debíamos irnos con él, pensé, por la noche tendría la conferencia y
deseaba llegar puntual. Al mismo tiempo, como acababa de conocerlos,
ninguno de ellos me inspiraba confianza, aunque me comporté de manera
natural, pero no sería la primera vez que ante situaciones como estas
los organizadores de una feria y los políticos me dejan descolgada y a
la merced de la violencia de los sátrapas castristas, me ha sucedido en
varias ocasiones. Entre cuidarme y mantener relaciones con el gobierno
cubano, desde luego que algunos han preferido lo segundo. Esta vez me
equivoqué, por suerte. Dos guardaespaldas me seguían a todas partes,
hasta para entrar en mi habitación, puesto que en el hotel se hallaban
hospedados miembros de la delegación cubana que participaba en la feria.
Recibí dos llamadas en mi móvil, una de un periodista dominicano
(tampoco citaré su nombre para no acarrearle problemas, el brazo de
Fidel Castro es demasiado largo), deseaba entrevistarme y me dio la
bienvenida, “a tu segundo país”, y me emocioné, porque es cierto que
desde llegué este país me recuerda muchísimo al mío, huele igual, y la
gente se parece también, aunque sin la amargura y el cinismo que ha
sembrado el castrismo en el alma de los cubanos. La otra llamada resultó
ser una amenaza: “Puta, te vamos a romper la cara”. No sentí miedo, pero
pienso en mi hija, en mi familia. Llegué a la inauguración, atravesamos
siempre con los guardaespaldas y con Marino Berigüete el tapiz de las
letras, en lugar de un tapiz rojo, han colocado un tapiz con frases de
escritores. Estreché la mano del Ministro de Cultura y me halagó, dice
estar muy contento de mi presencia, agregó que soy muy querida en su
país, esto lo reitera con mucho énfasis y bien alto. Sé que de este modo
está pasando su mensaje a todos aquellos que se encuentran escuchando a
una distancia considerable de nosotros. Se inició el acto de
inauguración, y a la hora de presentarme, el joven locutor se refiere a
mí como escritora canadiense, o sea ni siquiera anuncia mis segundas
nacionalidades, española y francesa. Resulta que el embajador de Cuba,
el coronel del ministerio del interior Omar Córdova Rivas, ha pedido que
no me presenten como lo que soy, escritora cubana. Al día siguiente nos
vamos a Los Altos de Chavón con Marino Berigüete, en el camino vamos
escuchando música caribeña, Juan Luis Guerra, Armando Manzanero. No se
me quita el dolor en la boca del estómago, estoy preocupada. Marino
Berigüete es un
hombre culto, que nos habla con mucho amor de su país y
del mío, que nos enseña los lugares e intenta distraernos. Sigo
preguntándole preocupada por lo que irá a suceder esa noche en la
lectura. Suceda lo que suceda, asegura Marino, “no te harán daño”. Los
Altos de Chavón es un sitio de ensueño. Advierto que él hace un par de
llamadas para cerciorarse que la entrada será por una puerta secreta del
teatro, que la sala de la lectura será revisada antes de que yo llegue,
que no falle ningún detalle. Avelino Stanley llama para confirmarme que
él estará conmigo todo el tiempo. Salimos del hotel con el doble de la
seguridad, en tres autos. Al llegar a la feria entramos por una puerta
rodeada de policías, se sube al auto un joven que actúa con la energía
del militar con una orden específica a cumplir. Dos cordones de policía
me rodean, delante va mi custodia personal. Subimos en un ascensor sólo
para el personal de servicio del teatro, y del ascensor vamos directo a
la sala de lectura. Me informan que afuera están reunidos unos cien
castristas, la mayoría visten camisetas negras con la cara de Hugo
Chávez al frente y por detrás se puede leer: “Patria o muerte”. O sea,
para despistar ahora no aparece la cara de Castro por ninguna parte,
pero el lema de “Patria o muerte” es su sello personal, desde esa mañana
han estado lanzando volantes con mensajes injuriosos en mi contra, y
mentiras. Empezó el acto, la sala estaba repleta, advierto a los
periodistas y fotógrafos a un lado. En la mesa nos encontrábamos Marino
Berigüete, Alejandro Arvelo, director de la feria, yo, Avelino Stanley,
y el periodista cubano Camilo Venegas, quien leyó sus palabras de
presentación. Empecé mi lectura de poemas, canté la canción de Ricardo
Vega Fábula del viejo cordero, termino con el poema Ficha del poeta y
periodista, preso en Cuba, Ricardo González Alfonso. Hago un breve
bosquejo de mi obra en relación al tema convenido. Hablo del cruel
asesinato por parte de Castro de los doce niños y sus familiares, 75
personas en total, que se querían ir del país en el remolcador Trece de
marzo, en el año 1994. Me detengo en el fusilamiento de los tres jóvenes
negros que en el 2003 querían abandonar el país, también en una lancha
de pasajeros. Explico mi relación con el periodismo y con los
periodistas agredidos en el mundo entero, ya sea en Irak o en Cuba. Me
da tiempo a comentar mis gustos literarios. Pero no ha sido fácil, entre
los asistentes hay enviados especiales, uno específicamente se levantó a
hacerme una pregunta sobre aquel famoso artículo que publiqué en El País
cuando la visita del Papa Wojtila a Cuba, ahí empata con mi artículo de
las caricaturas de El Mundo, cuestionó seguidamente mi posición
religiosa, tiran por ahí para ponerme al público, en muy país muy
creyente, en mi contra. Tengo que imponerme para que se calle y me
permita responder en orden, lo consigo. El hombre comentó que se sentía
vulnerado, que le estaban violando sus derechos, le respondo que
vulnerado se sentiría si hubiese querido hacer esas mismas preguntas en
Cuba y Castro no lo hubiese dejado, el hombre continúa en un cacareo
programado, robotizado. Ya desde que leía mis poemas se escuchaba un
escándalo tremendo abajo, las puertas de la sala habían sido cerradas a
cal y canto, guardias de seguridad por dentro y por fuera. El escándalo
se fue haciendo más cercano, empujaron la puerta, a patadas limpia, se
oyó una gritería, golpes, forcejeos violentos. La puerta finalmente fue
violentada, la abrieron a golpe limpio, los guardias de afuera se
enfrentan a las hordas castristas. Los de adentro resistieron y cerraron
nuevamente la puerta. Avelino Stanley pregunta si alguien más tiene algo
que decir, empieza un hombre a escandalizar e insultarme, Stanley da por
terminada la conferencia. De todos modos ya llevábamos más del tiempo
previsto para mi conferencia. Yo fui a eso, a leer, a dar mis puntos de
vista, y lo hice, no pudieron callarme. Pero pude cumplir mi objetivo
gracias a los dominicanos, sin su apoyo me hubieran agredido
físicamente, sin su apoyo, me hubiera pasado lo que casi al mismo tiempo
le hacían a Marta Beatriz Roque en La Habana, le entraron en su casa, la
arrastraron, la golpearon en la cara. Me marché de la sala con dos
cordones de policía a cada lado, mis guardaespaldas, y más policías por
delante. Enviaron un señuelo antes, con la cara tapada por una chaqueta,
para despistar a los amotinados delante del teatro, que insultaban y
apedreaban, sin saberlo, a la esposa del mismo Avelino Stanley. El auto
en el que iba va blindado por dentro y por fuera, cuatro policías cubren
las ventanillas con sus cuerpos, hasta que salimos a un tramo de calle
lejano de la feria. El único que no dijo ni pío fue el apocado director
de la feria, al día siguiente en los periódicos dio su punto de vista
pasado por agua, junto al suyo estaba el del

agregado cultural de la embajada cubana, negando por supuesto, que ellos
fuesen los culpables del desorden y de las agresiones. Entre los
desorganizadores del evento se encontraban el acérrimo comunista
formateado en Cuba, Praedes Olivero Féliz, Emilio Galván de Brigadas de
Abril, entre otros conocidos castristas. Todos ellos apuntaban, como no
podía ser de otra manera, que la Feria los había censurado, vapuleado,
etc. Ya sabemos que los comuñangas son maestros en virar la tortilla. Yo
ahora, en París, recuerdo todo esto con tranquilidad. Repito, no tuve ni
tengo miedo, pero qué manera de enturbiarnos la vida esta gentuza. Así y
todo, pude conocer una parte hermosísima del país. Boca Marina, La
Romana, Los Altos de Chavón. Almorcé con un grupo de exiliados, abracé a
periodistas cubanos muy valientes. Bebí cerveza Presidente y buen vino
Saint-Emilión, en exquisitos restaurantes, saboree el riquísimo mofongo.
Disfruté del mar color turquesa, ese mar caribeño tan perfumado. Estoy
ahora leyendo a escritores dominicanos excepcionales. Fui a lo que iba y
lo hice, dar mi conferencia. Una pena que no pude visitar y caminar
libremente por la feria, donde los estantes de Cuba son numerosos, desde
luego todos enarbolan inmensos retratos de Fidel Castro, y exhiben los
libros oficialistas de la dictadura. Me cuenta una cubana exiliada que
se acercó para preguntar si los afiches de Castro los vendían con los
dardos, una de las jóvenes cubanas que atendía el stand disimuló una
sonrisa.

http://www.diariodigitalrd.com/?module=displaystory&story_id=4792&format=html

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