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Dolor y pena

SALUD PUBLICA
Dolor y pena

Jorge Olivera Castilo, Sindical Press

LA HABANA, Cuba, octubre (www.cubanet.org) – Sangre. Gritos de horror.
Una madre desesperada clamando por una solución. La doctora sin saber
qué hacer, tras advertir la existencia de una sola ambulancia. Mientras
tanto, el niño debatiéndose con el sufrimiento de su pene mordido por la
bragueta del pantalón.

A pocos metros, encima de una camilla, otro infante parcialmente quemado
lanza bramidos que ilustran un dolor de espanto. Pienso que se va a
desmayar en cualquier momento.

Su progenitora arroja maldiciones contra lo humano y lo divino. Suda.
Toma un breve receso y vuelve con las imprecaciones. Amenaza con romper
el escaso mobiliario de la policlínica si la demora se prolonga un
minuto más.

En medio de las desgracias, siento el aire de la fortuna. No soy otro
disputante de la ambulancia que no aparece. Solo pretendo chequearme la
tensión arterial.

La sala de espera permanece congestionada y son perfectamente audibles
los comentarios críticos. "Llevó 30 minutos aquí y me parece que no voy
a salir antes de las 10", dice con visible molestia una señora que
aguanta con estoicismo una crisis de migraña. Miro el reloj y faltan 15
minutos para las 10 de la noche. Mis esperanzas de llegar a la consulta
se desvanecen. Tengo a 11 personas por delante.

Un anciano irrumpe con una exclamación que multiplica la conflictividad
de la escena. "Esto es una porquería. Me cago en la hora en que nací. Me
voy pal´ carajo". El viejo se marcha a la velocidad que le permiten sus
años. Antes de abandonar el local, esgrime su última invectiva contra el
pésimo servicio. "No sé donde está la potencia médica. Son unos
mentirosos, unos canallas", alega sin especificaciones.

El ambiente deviene en una algarabía propia de una trifulca que no
termina de concretarse. El tono adquiere su clímax a partir de una de
las dos enfermeras que se atreve a pedir silencio.

Primero las acusaciones. Acto seguido el intercambio de ofensas que
ofrecen una lección de marginalidad profunda. No hay ni rastros de
educación formal de ambos lados. Las groserías se convierten en la vía
ideal para descargar tensiones. La enfermera gesticula desafiante y sus
contrapartes le endilgan los peores epítetos imposibles de repetir.

La doctora interviene y tiene éxito. Pide de favor que se calmen. "No
van a resolver nada con ese escándalo. Ustedes están contribuyendo a
aumentar la demora. Así yo no puedo trabajar. Les ruego un poco de
paciencia".

Transcurre una hora y 15 minutos, y siento un extraño alborozo al sentir
la voz que anuncia el fin de la espera: "El próximo".

Tomo asiento, me piden el nombre, dirección y finalmente las razones por
las que estoy allí.

-El aparato de medir la presión está roto -me dice una empleada.

El anuncio me congela alma. No lo puedo creer, pero en mi nuevo
itinerario en busca de mejor suerte pienso que no hay nada
extraordinario en el percance. Es el denominador común de lo ocurre con
la salud pública en Cuba. Una institución que refleja, en grados
superlativos, la decadencia del proyecto revolucionario.

Entre las peores enfermedades que azotan a la nación cubana se cuentan
la mentira, la inoperancia del estado, el manejo disparatado de los
recursos, el robo, la corrupción. Todas esas cosas se engrandecieron en
mi mente aquella noche a merced del desastre que anida en una de las
supuestas perlas del sistema.

Los 75 minutos de espera por una malograda atención médica definen con
claridad y justeza la génesis de lo que proclaman regentes y alabarderos
del régimen.

Ellos repiten: ¡Socialismo o Muerte! Valga la redundancia.

http://www.cubanet.org/CNews/y07/oct07/11a5.htm

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