Primavera Negra

Problemas de la nueva Cuba

TRIBUNA: RAFAEL ROJAS

Problemas de la nueva Cuba

Cuba es más pobre e incluso menos libre tras 50 años de castrismo. No es
una cuestión de nostalgia de Batista, sino una constatación estadística.
Pero el régimen se resiste a comenzar la inevitable transición

RAFAEL ROJAS 26/07/2008

Hace 50 años en Cuba triunfó una Revolución que se propuso cambiar ese
pequeño país del Caribe. La mayoría de los revolucionarios se levantó en
armas contra la dictadura de Fulgencio Batista porque deseaba una nación
más democrática, más próspera, más independiente y más justa. Al cabo de
medio siglo, es indudable que el cambio se produjo, pero no precisamente
en el sentido que imaginaron los revolucionarios. Para constatar lo
anterior no hay más que echarle un vistazo a las estadísticas
económicas, sociales y demográficas de la isla.

Cuba era el tercer país más próspero de América Latina; hoy ocupa el
penúltimo lugar Hasta la sanidad y la educación públicas, orgullo del
castrismo, están en decadencia

En 1958, con una población de más de seis millones de habitantes, Cuba
tenía un producto interno bruto per cápita de 374 dólares, según el
Atlas of Economic Development (1961) de Norton Ginsburg, o de 520, según
otros autores (H. T. Oshima, Felipe Pazos, José F. Álvarez Díaz, Leví
Marrero, José M. Illán). En materia de crecimiento económico, la isla
ocupaba entonces el tercer lugar en América Latina -sólo por debajo de
Venezuela y Uruguay- y el número 30 o 31 de todas las economías del
mundo. Ese mismo año, el ingreso nacional por habitante de España fue de
180 dólares, menos de la mitad del de Cuba en cualquiera de los dos
cálculos.

Cuba era un país subdesarrollado y desigual: tenía un 23% de
analfabetismo, un 16% de desempleo, el 62% de la población empleada
percibía un salario menor a los 75 dólares y un 10% de cubanos ricos
absorbía el 40% de los ingresos totales. Pero Cuba, en el contexto
latinoamericano, y como han reconocido algunos historiadores marxistas
(Juan F. Noyola, Raúl Cepero Bonilla, Manuel Moreno Fraginals y, más
recientemente, Óscar Zanetti Lecuona), era un país con índices
crecientes de progreso económico y social: los cubanos tenían la
mortalidad infantil más baja de la región, consumían 2.730 calorías
diarias, había un médico por 998 habitantes, una res por persona, un
automóvil por 40, un teléfono por 38, un televisor por 25 y una radio por 6.

Los historiadores han discutido el tamaño de la clase media cubana, el
cual se calculaba entre 25% y 35% de la población a fines de los 50. Lo
que ninguno pone en duda es que crecía de manera continua desde mediados
de los 30 y que, a pesar de que la élite de mayores ingresos era
reducida -entre un 10% y un 15%-, tampoco podía equipararse a las
minorías de hacendados que predominaban en las sociedades agrarias
latinoamericanas. Cuba era un país mayoritariamente urbano: entre 1954 y
1958 se invirtieron 92 millones de dólares anuales en vivienda y se
construyeron más de 5.000 edificios por año.

El comercio y las inversiones de Cuba en 1958, a pesar de su
concentración en Estados Unidos, estaban muy lejos de describir un país
monoproductor y dependiente. Entonces los norteamericanos invertían más
en servicios públicos (344 millones dólares) que en agricultura e
industria azucarera (265) y las inversiones en minería habían crecido
hasta 180 millones. Cuba exportaba 594 millones de dólares e importaba
575, con una balanza comercial favorable, y cerca de un 30% de ese
comercio era con países latinoamericanos y europeos, incluida la Unión
Soviética. A mediados de los 50, el rival de Estados Unidos en la Guerra
Fría compraba a Cuba medio millón de toneladas de azúcar a precios del
mercado mundial, reportando ganancias mayores de 30 millones de dólares
al año.

El régimen de Fulgencio Batista era autoritario, torturaba y asesinaba
opositores violentos y había surgido de un golpe de Estado que quebró el
orden constitucional de la República. Sin embargo, en ese régimen, como
en cualquier otro autoritarismo latinoamericano de la época, existían
suficientes libertades públicas como para que circularan más de 120
publicaciones, para que existieran partidos legales de oposición, para
que hubiera decenas de estaciones de radio y canales de televisión
independientes del Estado y para que los ciudadanos, incluidos los
revolucionarios, pudieran entrar y salir de la isla libremente.

Cincuenta años después del triunfo de la Revolución, Cuba es otro país.
La población se ha duplicado: hoy hay algo más de 11 millones de cubanos
en la isla y dos millones y medio en el exilio. Nación receptora de
inmigrantes durante la primera mitad del siglo XX, Cuba se ha convertido
en una comunidad con un potencial migratorio de medio millón de
habitantes. La composición racial de la isla también ha cambiado: en
1958, el 72% de la población era blanca y el 28% negra y mulata. Hoy,
algunos calculan que la proporción está en vías de invertirse. Cuando la
Revolución triunfó, Cuba era un país de jóvenes: entonces había
ministros de 25 años. Ahora, mientras la tasa de natalidad se reduce, la
de envejecimiento aumenta: la actual proporción de adultos mayores de 60
es del 16,6% y en 2025 podrían retirarse más trabajadores que los que se
incorporen a la fuerza de trabajo. El estudioso Carmelo Mesa Lago lleva
más de dos décadas diciendo lo que Raúl Castro ahora tímidamente
reconoce: que ese modelo económico de subsidios y estatalización
indiscriminada de la actividad productiva es insostenible.

En 2007 el PIB per cápita de Cuba fue de 4.000 dólares, por debajo del
de Bolivia y apenas por encima del de Haití. España, que tenía la mitad
del ingreso nacional en 1958, hoy tiene un PIB per cápita ocho veces
mayor. En 50 años de socialismo, la que era la tercera economía de
América Latina ha descendido al penúltimo lugar en la región y al 140
del mundo. La balanza comercial cubana es una de las más desfavorables
del planeta: la isla exporta 3.400 millones de dólares e importa 10.100.
En 1958, Cuba producía más del 75% de su consumo de alimentos: hoy, la
mayor parte de lo que consumen los cubanos proviene del exterior, sobre
todo, de Estados Unidos. La deuda externa de la isla, incluida la que
contrajo con Rusia, rebasa los 30.000 millones de dólares.

El cubano es el Estado de América Latina que más volumen de su
presupuesto destina a derechos sociales -en su reciente discurso en la
Asamblea Nacional, Raúl Castro afirmó que el 55% del gasto público se
invierte en salud, educación, cultura y deporte- y así lo han reconocido
organizaciones internacionales como la ONU, la UNESCO y la CEPAL. Sin
embargo, la dramática regresión de la economía cubana, sobre todo en el
periodo postsoviético, ha hecho colapsar el sistema de seguridad social
y varios indicadores sanitarios aún no recuperan los niveles de 1989. La
falta de recursos, la creciente disparidad en la distribución del
ingreso y el gran desequilibrio en el desarrollo regional han provocado
que los maestros abandonen las escuelas por los bajos salarios y que los
servicios médicos se deterioren gravemente.

Según investigaciones realizadas en la isla, el 80% de los cubanos gana
menos de 300 pesos, es decir, poco más de 15 dólares al mes. En cambio,
un 1,5% tiene ingresos cercanos o mayores a 6.000 pesos, sin contar
remesas y subsidios. Una encuesta reciente en la ciudad de La Habana
reveló que un 43% se considera pobre, a pesar de que la capital es la
ciudad con mayores ingresos. La clase media se ha reducido de un 30% a
un 18%, las minorías de altos ingresos han decrecido en más de un 10% y
el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, ha aumentado hasta
niveles latinoamericanos. Cuba es hoy un país con más pobres, menos
ricos y una clase media más pequeña. No se trata de una idealización del
pasado y de una deformación del presente: se trata de un simple paralelo
estadístico.

Tras 50 años de socialismo, Cuba es un país más pobre, más dependiente y
menos libre. La ciudadanía insular es gobernada por un régimen, ya no
autoritario como el de Batista, sino totalitario, es decir, de partido
único, ideología comunista y economía estatalizada, que reprime a
opositores pacíficos e impide la autonomía de la sociedad civil ¿Cuál es
la mejor manera de solucionar los graves problemas económicos, sociales
y políticos de la nueva Cuba? La respuesta es elemental: con democracia,
con mercado y, también, con Estado fiscal y gasto público. Sin embargo,
el Gobierno de Raúl Castro, como se vio en la pasada Asamblea Nacional,
parece desprovisto de la voluntad necesaria para iniciar un proceso de
reformas que conduzca a la inútilmente postergada transición cubana.

Rafael Rojas es historiador cubano exiliado en México.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Problemas/nueva/Cuba/elpepiopi/20080726elpepiopi_12/Tes

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