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Una conversación entre Estados que no hablan el mismo lenguaje en busca de un terreno compartido

Una conversación entre Estados que no hablan el mismo lenguaje en busca
de un terreno compartido
MANUEL CUESTA MORÚA, La Habana | Septiembre 01, 2014

La segunda ronda de conversaciones entre la Unión Europea y Cuba,
celebrada en Bruselas el pasado miércoles, puede ser entendida como el
segundo acercamiento entre Estados que no hablan el mismo lenguaje en
busca de un terreno compartido de entendimiento que satisfaga tres
exigencias mutuas.

Por parte de la Unión Europea se trata de la necesidad de un clima
propicio a las inversiones dentro de una competencia global y feroz por
la colocación de activos; la de una actitud menos estridente contra la
sociedad civil por parte del Estado cubano ―dado el hecho del empate
simbólico entre ambos, e independientemente de las asimetrías reales―, y
la de un comportamiento menos audaz del castrismo en sus alineamientos
internacionales, porque el apoyo desfachatado del Gobierno de la isla a
las apetencias imperiales de Rusia no es un mensaje de simpatía a Europa
ni un aporte diplomático a la estabilidad mundial. Si estas exigencias
fueran satisfechas del lado de las autoridades cubanas, la Unión Europea
se sentiría cómoda en el primer tramo de un diálogo que nació de una
premisa más profunda: Cuba debe ser dejada a su propia evolución.

El Gobierno cubano demandaría, de su lado, otros tres dividendos. Por un
lado, el plácet político a probables inversionistas europeos (un clima
de tensión entre gobiernos es poco estimulante a los negocios). En
segundo lugar, la validación del nuevo régimen autoritario por la
comunidad de democracias, a fin de cuentas hay una diferencia importante
entre la Cuba anterior y posterior al 14 de enero de 2013. Y,
finalmente, la superación del aislamiento político por la diferencia de
valores de legitimación entre los interlocutores, una probable ganancia
que trivializaría el desencuentro ideológico entre Estados y aislaría
diplomáticamente a los Estados Unidos.

En su apuesta, las autoridades de la Isla pueden contar con una pauta
paradigmática dentro de la visión de política exterior europea: el
realismo en las relaciones internacionales. Podría argumentarse, con
bastante fundamento histórico, que la Posición Común asumida por la
Unión Europea en 1996 en relación con Cuba fue un espasmo de idealismo
wilsoniano[i] dentro de la filosofía del realismo político consustancial
a Europa.

El idealismo nos dice que en sus relaciones internacionales los Estados
deben guiarse por ―e impulsar― determinados valores a la hora de
establecer sus vínculos con otros países; el realismo argumenta, por el
contrario, que los actores reales y verdaderamente decisorios en las
relaciones internacionales son los Estados. Esto no está queriendo decir
que los idealistas no consideren las relaciones de poder en el ámbito
internacional, ni que los realistas desconozcan los valores cuando se
trata de orientar sus políticas. Significa que los respectivos conceptos
de partida, que definen y limitan las acciones, tienen distinto contenido.

A diferencia de los Estados Unidos, Europa ha sido siempre realista. Sus
valores, aquellos que comparte con Norteamérica en términos de
libertades, derechos humanos y democracia, se introducen por negociación
y asumiendo la legitimidad de aquellos Estados o gobiernos que no
respetan esos valores universales. La Ostpolitik ―la política exterior
de Europa occidental hacia el Este europeo desarrollada por el extinto
canciller alemán Willy Brandt en los años 70 del pasado siglo ― y los
Acuerdos de Helsinki constituyen los modelos típicamente europeos dentro
de los cuales realismo e idealismo se dieron la mano. Siempre en tensión.

Los tipos malos no tendrán toda la legitimidad pero existen. Esta es la
visión europea que tuvo su proyección hacia África, Asia y el Caribe en
el llamado Acuerdo de Cotonou[ii], por el cual se establece la
cooperación bajo compromisos refrendados por los Estados de que
promoverán y respetarán los derechos humanos.

En 2002 la Unión Europea intentó redimensionar las relaciones con el
Gobierno cubano dentro del marco de Cotonou, lo que suponía dejar atrás
la Posición Común: una política afianzada en los principios, digamos que
en el mejor idealismo y, al mismo tiempo, una invitación a la parálisis
e inmovilismo políticos.

El Gobierno cubano no está hoy preparado para ratificar los Pactos de
Derechos Humanos de las Naciones Unidas
El Acuerdo de Cotonou expresa la mejor combinación de realismo e
idealismo que es posible obtener desde los fundamentos realistas de todo
el pensamiento de política exterior en Europa, con la probable excepción
de Immanuel Kant y su visión de la paz perpetua.

Pero el Gobierno cubano no estaba preparado para adherirse a este
Acuerdo ―siempre he sostenido la hipótesis de que la mal llamada
Primavera Negra estaba dirigida contra la “trampa democrática” de
Cotonou― del mismo modo que no lo está hoy para ratificar los Pactos de
Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ni intelectual, ni
políticamente. Tampoco en la dimensión psicológica del deseo, es decir
de la voluntad.

Entre Cotonou y la Posición Común, la búsqueda de un Acuerdo Bilateral
entre la Unión Europea y Cuba refleja esa tensión entre los principios y
el principio de realidad de la política europea. Es el intento de
balancear el apego a los valores democráticos y de Derechos Humanos con
la legitimidad que todos los países europeos jamás han negado al
gobierno cubano.

No resultaría muy serio en este sentido afirmar que en nuestro caso
Europa abandona los valores en el altar de los negocios. Ello sería como
afirmar que Europa olvida a Europa, extirpando su ADN democrático. Y
este enfoque es desorientador porque impide visualizar correctamente el
perfil político de los interlocutores, cierra desde el lado cubano
puertas que no se han cerrado desde el lado europeo y sigue alimentado
la idea y el diseño de entender la estrategia política solo desde lo
simbólico en detrimento del juego de fuerzas reales.

En un arranque analítico podría pensarse que el diálogo político que
comenzó en abril, continúo en esta segunda ronda de agosto y tendrá una
tercera, presumiblemente en el mes de diciembre, responde a cierto
pragmatismo europeo en relación con las condiciones reales en el
terreno. Esto me parece cierto en contraste con la Posición Común y
respondería a lo que es el criterio político por excelencia: la
eficacia. En este caso la de una política que ha cumplido 20 años.

Sin embargo, el pragmatismo solo, no lo explica. Para mí, ni siquiera lo
hace en la dirección en la que comúnmente se asume: la oportunidad de
negociar. El capital, las inversiones y la tecnología europeos están
ávidos de aterrizar en Cuba, pero no lo hacen en la medida en que
desearían y podrían porque, hablando con rigor, no se han hecho aquí las
reformas necesarias para que empiece a jugar la economía profunda y de
escala que se está moviendo por toda América Latina. La Europa económica
no está corriendo detrás de una oportunidad, que es lo que hacen los
pragmáticos; está, en realidad, visualizando unas probabilidades que
hasta ahora no se verifican en los hechos. Para empezar, Cuba es el país
de la inseguridad jurídica por antonomasia.

Lo que sucede, a mi modo de ver, es que la Europa política avizora, tras
el fracaso de la Posición Común, una oportunidad de retornar a una
tradición, con la que se entiende mejor, que coloca a los Estados por
encima de la sociedad civil en sus relaciones internacionales. Nunca, ni
en los mejores momentos de la Posición Común, vimos un amago de
relaciones entre la sociedad civil europea y la sociedad civil cubana,
con contadísimas excepciones.

En la mejor de las hipótesis, digamos una en la que la oposición
política y la sociedad civil dentro de Cuba constituyeran fuerzas de
impacto social, siempre veríamos a Europa moviéndose en la dirección del
acuerdo entre un Estado-dictadura que se menea, una sociedad civil que
cambia con el cambio sociológico del país y unos actores externos que
creen en el compromiso entre las partes con independencia de su
específica naturaleza ética. Si el idealismo legitima más la
interlocución entre iguales, es decir actores que comportan al menos la
retórica de los valores; el realismo legitima, a pesar de cualquier
buche amargo, la interlocución entre valores diferentes, con la probable
pretensión de llegar a compartir los mismos valores.

¿Qué podemos esperar del realismo político, es decir del diálogo Unión
Europea-Cuba?

A mi modo de ver, mucho. Si primero aprendemos lo que podemos y no
podemos esperar de actores externos. Para empezar debemos esperar que no
suceda lo que no debíamos estar esperando que sucediera: que los
europeos nos sustituyeran como actores del cambio. Si la Posición Común
se agotó fue porque no supimos aprovechar su sombrilla, antes de que
fuera agujereada, con una estrategia eficaz y visible. La
responsabilidad está en nosotros y no en Europa.

Segundo, debemos aprender que en política se trata de poder y fuerzas
reales, independientemente del poder y la fuerza de los símbolos. De
hecho, hemos tenido como aliada la filosofía del idealismo
estadounidense y no hemos sabido aprovecharla, aunque sí nos ha servido
para mantener nuestro caso en ciertos niveles de la agenda y el
compromiso internacionales.

En tercer lugar, debemos esperar que ciertos inversionistas se aventuren
a explorar el erial cubano, en el entendido de que los intereses cuentan
en política y que del juego de intereses podemos sacar ventajas y
lecciones políticas para reacomodar nuestras estrategias. El problema en
términos económicos no creo que radique en la inundación inversionista
que se avecina, sino en que esta no será lo suficientemente fuerte como
para debilitar los amarres autoritarios del poder. Cuba no parece estar
tocada, afortunadamente, por la maldición de las materias primas escasas
y estratégicas que ponen en fila india a las grandes fortunas mundiales.
Lo que Europa no parece intuir es que al Gobierno de Cuba solo le
interesa la economía corporativa de frontera, muy por debajo de la
fuerza y naturaleza de la economía global: una economía de escala que
busca la penetración de territorios para la creación de mercados fuertes
e intensos.

En cuarto lugar, y finalmente, debemos esperar que la Unión Europea siga
hablando de derechos humanos y libertades a la espera de que nosotros
hagamos lo nuestro, de modo que nuestras estrategias y acciones puedan
ser consideradas en una agenda internacional de discusiones. Nuestra
fuerza real está todavía por debajo de las mesetas del juego político.

Porque en política hay asuntos urgentes y hay asuntos estratégicos. El
desafío es convertir en urgente una estrategia. Y ese es nuestro.

[i] Para la teoría y práctica de las relaciones internacionales, el
idealismo conceptúa el pensamiento diplomático estadounidense que se
desarrolló en base a las ideas del presidente Woodrow Wilson a
principios del siglo XX y que derivó en la doctrina conocida como
Wilsonianismo o Idealismo Wilsoniano. El antecedente histórico e
intelectual de esta concepción lo tenemos sin embargo, en Europa, con el
filósofo alemán Immanuel Kant, que desgranó sus ideas en su obra
titulada Sobre la paz perpetua.

[ii] Acuerdo de Cotonou: acuerdo de intercambio comercial y de
asistencia firmado en el 2000 entre la Unión Europea (UE) y los 78
estados de África, del Caribe y del Pacífico (ACP) en Cotonou, Benín, en
reemplazo de la Convención de Lomé.

Source: Una conversación entre Estados que no hablan el mismo lenguaje
en busca de un terreno compartido –
http://www.14ymedio.com/opinion/conversacion_0_1625837405.html

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