Primavera Negra

El fin de las Damas de Blanco

El fin de las Damas de Blanco
La reflexión necesaria es sobre las limitaciones que enfrentan ciertos
grupos, imposibilitados de contribuir de forma sustancial a un esquema
de futuro para la nación
Alejandro Armengol, Miami | 19/02/2015 4:11 pm

Dentro del amplio y disperso panorama de la oposición cubana, las Damas
de Blanco cumplieron un objetivo con claridad meridiana y firmeza digna
de elogio. Lo que les faltó de imaginación supieron compensarlo con
coraje, en un momento en que la mínima oposición al régimen era
castigada con rigor implacable. Lo demás, lo que vivimos ahora, es la
decadencia de una ilusión surgida en un momento difícil.
Tras superar su razón de origen —luego de la liberación de quienes
fueron injustamente encarcelados durante la oleada represiva de la
“Primavera Negra” de 2003—, las Damas de Blanco intentaron redefinirse
en una propuesta mayor.
Sin embargo, en parte por incapacidad de sus líderes y en buena medida
también por lo restringido de un movimiento puntual, no han logrado
mayor trascendencia. Todo lo contrario: se han convertido en un remedo
para fines partidistas en Miami. Ahora unas declaraciones
desafortunadas. de quien figura como su líder, Berta Soler, y un video
que llega tarde y muestra una especie de “acto de repudio” al mejor
estilo castrista —donde algunas de las tradiciones víctimas aparecen
como nuevas victimarias— ha desatado cierto escándalo. que no por sabido
deja de despertar indignación y rechazo a la luz pública.
Pero más allá de la notable incapacidad de Soler al frente del grupo
—nada nuevo por cierto—, lo que debe llevar a la reflexión es comprobar
las limitaciones que enfrentan ciertos grupos y actos, meritorios en su
momento frente a la represión del régimen, pero imposibilitados de
contribuir de forma sustancial a un esquema de futuro para la nación.
Las Damas de Blanco cumplieron su objetivo. Si deciden permanecer o no
es una decisión de sus miembros, pero el otorgarle representación en una
discusión nacional va más allá de sus derechos fundacionales —ya
agotados—, y es un asunto abierto a la discusión y el análisis.
En este sentido, detenerse en lo anecdótico no es más que otra forma de
esquivar el problema. Enfatizar las palabras de Soler —alguien, por otra
parte, de condicionado razonamiento, poca cultura y limitada capacidad
de expresión— encierra el peligro de no escapar de las ideas y conceptos
que se pretenden criticar.
Sí, es cierto que en su declaraciones la actual líder de las Damas de
Blanco repite en versión reducida algunos de los postulados clásicos del
castrismo —¿elecciones para qué?, rechazo a escuchar opiniones ajenas y
legitimidad de poder otorgada a través de la lucha y un ejercicio
fundacional—, pero limitar el análisis a esos puntos pasa por alto lo
que constituye la clave del problema: la doble manipulación que ha
ejercido sobre su figura el sector más retrógrado del exilio y el
aprovechamiento obtenido por ella al convertirse en supuesto paradigma
desde la Isla de posiciones y actitudes políticas elaboradas en Miami.
Dejando a un lado la torpeza demostrada por Soler —y un afán dictatorial
ya evidente—, su figura no se diferencia fundamentalmente de otras,
igualmente acuñadas en Miami, pero originadas en Cuba: Guillermo
Fariñas, Jorge Luis García Pérez (Antúnez) y Rosa María Payá, entre otras.
Quizá en el caso de Soler se ha hecho más evidente en estos momentos
esta doble trampa: amparada y alimentada desde Miami, las repetidas
rencillas, videos y reclamos en torno a sus acciones coloca a quienes la
apoyan en el exterior —con recursos y respaldo político— en un urgente
movimiento de “control de daño”: ¿cómo justificar su presencia en una
audiencia del Senado, como representante de los reclamos en favor de
democracia y derechos, cuando desde meses atrás ya se sabía su actuación
dictatorial?
Con independencia de los pasos a seguir por sus patrocinadores —desde
intentar un mayor control mediante una administración más rigurosa del
dinero hasta ampararse en el paso del tiempo, el buscar minimizar la
difusión de los hechos (algo ya imposible, gracias a la democracia
estadounidense“ y el socorrido expediente de la represión castrista, con
la contribución cómplice de La Habana— el daño que Soler ha hecho a la
oposición, y no solo a las Damas de Blanco, ocurre precisamente en un
momento de acercamiento entre Estados Unidos y Cuba, donde al reclamo de
participación de activistas en la Isla puede contrastarse la debilidad
de un movimiento incapaz del menor acuerdo entre sus miembros.
Aquí cabe señalar la debilidad de un argumento esgrimido por Soler —la
penetración de la Seguridad del Estado dentro del movimiento opositor— y
los límites del esfuerzo de lograr un apoyo internacional mediante el
gasto —despilfarro en ocasiones— del dinero proporcionado por los
contribuyentes estadounidenses.
Más allá del aspecto incuestionable, que implica reconocer el empeño de
la Seguridad cubana en penetrar el movimiento opositor, están las
respuestas ante el hecho. Estas van de una actitud cínica a la duda
generalizada frente a cualquier esfuerzo opositor..
La replica inmediata al argumento de que un mayor acercamiento entre
Washington y La Habana no solo brinda “oxígeno“ al régimen, sino al
mismo tiempo recursos a las fuerzas represivas, puede ser contrarrestada
con decir simplemente que el dinero destinado a los disidentes alimenta
también a los represores, como le ocurrió en su momento a Martha Beatriz
Roque —cuando se conoció que su principal asistente, Aleida Godínez, era
una agente del régimen que trabajaba entre la disidencia— y se ha
repetido luego en otras situaciones: hasta un vendedor ocasional de
aguacates puede ser un informante del gobierno.
Pero quizá lo peor es que la acusación de supuesto agente castrista —la
difusión del acto de repudio realizado por algunas Damas de Blanco el 16
de diciembre fue obra de Alejandro Yánez, un reportero independiente “al
servicio de la Seguridad del Estado”, según Soler— es un arma de doble filo.
El argumento de la penetración castrista dentro de las Damas de Blanco,
el grupo de Fariñas o cualquier otra organización disidente no debe
servir de justificación. En primer lugar porque evidencia debilidad de
estos grupos, que indiscutiblemente realizan su actividad en condiciones
difíciles, y por lo tanto meritorias. Ser líder de un grupo en estas
condiciones evidencia excepcionalidad: es difícil reclamar méritos al
tiempo que se reconocen debilidades. Si se está dispuesto a una lucha en
condiciones arduas, el fracaso es posible pero no sirve de escudo.
Lo más grave en estos casos es que dicho argumento abre la puerta al
argumento contrario: acusar de agente a otro no impide igual réplica en
sentido contrario. ¿Quiénes son los agentes y quiénes no? Abrir esa caja
de Pandora lleva al posicionamiento a partir de un acto de fe,
conveniencia o interés.
Otro argumento de Soler, la apelación al papel de víctima, resulta
igualmente limitado en su alcance, a la vez que muestra un cierto
desfasaje frente a la situación actual.
“No estamos en contra de las personas que emigren, pero ellas emigraron,
no están dentro de Cuba, los problemas internos de las Damas de Blanco
los resolvemos aquí dentro la gente que estamos día a día recibiendo
golpes, hostigamiento y yendo al calabozo”, declaró Soler de acuerdo a
la agencia Efe. Luego añadió que, para ella, las activistas en el exilio
tienen derecho a opinar, pero no a pedir su renuncia o expulsión.
Por encima de las exageraciones en sus palabras, llama aquí la atención
ese interés en limitar el derecho de opinión de quien no solo es
considerada paladín de la libertad de criterios sino también depende en
gran medida del apoyo exterior. Ese apoyo, de acuerdo a su razonamiento,
debe ser incondicional y ajeno a los cuestionamientos. La represión
entonces actúa no solo como consecuencia de la naturaleza del régimen,
sino sirve también de patente de corso para colocar a las víctimas más
allá de cualquier cuestionamiento.
El problema radica en lo limitado —e incluso peligroso— que resulta el
fundamentar una nación sobre el principio de un supuesto “martirologio“,
y no a partir de una ejecutoria democracia. Pero más allá de lo
inadecuado del principio está el hecho de que, sin la sustentación y
legitimidad que otorga el exterior, en este caso el exilio —al que ahora
pertenecen quienes firman la carta que pide la renuncia de Soler—, su
organización carece de una base sólida, no solo por su limitadísima
membresía sino por la carencia de recursos.
Las Damas de Blanco, al igual que ocurre a todos los grupos opositores
en Cuba, existen principalmente de cara al exterior, no por su
efectividad y resonancia en la Isla. Dejando a un lado los supuestos
malos manejos en la distribución de recursos —que es en fondo lo que
origina esta y otras disputas dentro de las Damas de Blanco—, el negarse
a una discusión al menos con las activistas en el exilio convierte al
grupo simplemente en un frente autocrático en lo interno, que sirve y se
sostiene de acuerdo a intereses afines únicamente con quienes las
emplean desde fuera, no como representante de una Cuba futura.
Una disidencia que en lo interno se debate entre sospechas, manejo
cuestionable del dinero, acusaciones de favoritismo y distribución de
beneficios y prebendas difícilmente puede encontrar una justificación
mayor a partir de su exposición en el exterior, particularmente cuando
esa presencia obedece y se sustenta en el apoyo de organizaciones
internacionales que no son más que receptoras del dinero del
contribuyente estadounidense.
Durante años el National Endowment for Democracy (NED), catalogado como
un grupo sin fines de lucro que recibe dinero del gobierno federal, pero
también acusado de ser simplemente un tipo de organización pantalla para
simplemente lograr un cambio de régimen en Cuba —un objetivo apreciable
a los fines de buscar la democracia en la Isla, pero que no por ello
elude la acusación de encubrir sus verdaderos fines—, ha destinado
cuantiosos recursos a organizaciones en países tan disímiles como
España, Chile, Argentina, Perú, República Checa, ¡Eslovaquia! , y por
supuesto Estados Unidos, para desarrollar publicaciones, seminarios y
actividades en que en los últimos años —gracias a la nueva ley de
inmigración cubana— han participado disidentes y opositores en general
—y esto no es una referencia específica a Soler— , cuyos viajes han sido
sufragados no por la voluntad anticastrista y el fervor por la
democracia en la Isla de dichos representantes, sino gracias al dinero
de los contribuyentes estadounidenses.
Si bien tantas reuniones, seminarios y encuentros —donde siempre se
enfatiza la necesidad de la democracia en Cuba antes de que lleguen los
postres— han ayudado a divulgar la ausencia de derechos en la Isla, poco
acumulan a la hora de contabilizar los avances del movimiento opositor
dentro del país. Una disidencia que se proyecta con mayor énfasis al
exterior que en lo interno solo puede esperar el saludo ocasional —y
casi siempre hipócrita— del político de turno, pero la realidad continúa
siendo que a la hora de negociar los países continúan definiendo su
agenda, de acuerdo a sus intereses, con quienes gobiernan en la Isla.
Hay que reconocer a las Damas de Blanco que en este contexto
internacional lograron mucho más que otras organizaciones, siempre que
supieron limitar su función a su objetivo de origen. Si la Iglesia
Católica fue una de sus principales bases de sustentación, bajo la
dirección de Soler el grupo ha ido apartándose de esa meta original en
favor de una agenda estrecha dictada desde Miami. Ahora llega esta
pérdida de credibilidad de su líder, que las deja dividas y cada vez más
aisladas.

Source: El fin de las Damas de Blanco – Artículos – Opinión – Cuba
Encuentro –
http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/el-fin-de-las-damas-de-blanco-321977

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